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EL SEÑOR DON ABRAHAM GONZÁLEZ. EL POLÍTICO

 

 

EL POLÍTICO

COMO ESTADISTA, Don Abraham González era justo y severo. Tenía fácil discernimiento del bien y del mal; pronta percepción de las cosas y decisión rápida.

Con sus gobernados fue siempre afable, sin perder nunca de vista que era el Ejecutivo de la entidad. A los pobres los trataba cordialmente, con marcada simpatía paternal, llamándolos "hijos" y acariciando sus hombros.

En cambio, a los ricos, enemigos de la Revolución, los recibía con tono seco y autoritario, que se transformaba en irónico cuando le salían con alguna impertinencia.

Una vez que entraba yo en su gran sala de recibo, me encontré al Ejecutivo increpando a un individuo reconocidamente hostil a su Gobierno.

Pero, señor Gobernador, yo le protesto a usted que soy su amigo...

Al oír esta mentira, Don Abraham, soltando una risa sardónica, muy de él en tales casos, replicóle:

¿Amigo usted? Váyase con Dios, hombre; váyase usted y no vuelva a molestarme.

El sujeto salió de estampida, al parecer arrepentido de sus protestas amistosas.

Don Abraham González adhirióse a la Revolución en 1910, con Don Francisco I. Madero, habiendo tenido un considerable papel en los levantamientos de Chihuahua contra el porfirismo. Era, en aquella provincia norteña, una figura de gran prestigio y popularidad, salvo, naturalmente, entre la gente del antiguo régimen, al que lo tenían por un ranchera rudo y vulgar; fama injusta que le valió en los papeles satíricos de México el remoquete de "Ñor Abraham"; injusta porque no era un adocenado, sino al contrario, una personalidad de relieve, por su sincero patriotismo, sentimiento que en él era dominante, así como por estas sus invariables virtudes: sensatez, instinto sagaz de estadista, carácter de una pieza y valor civil y personal.

El Presidente Madero, que le tenía plena confianza y eminente estima, le pidió que dejara la gubernatura de Chihuahua, que ocupaba por elección popular, para nombrarlo su Ministro de Gobernación; pero tal cargo no cuadraba con el espíritu sencillo de aquel lugareño inacostumbrado a tratar las heterogéneas especies de políticos capitalinos, que el inestable maridaje de la revolución y el porfiriato llevaban a esa, con las más encontradas pretensiones. Cuántas veces me dijo Don Abraham, claramente, con su idiosincrática franqueza, que él no podía transigir con las condescendencias insensatas que se guardaban a los abiertos enemigos del nuevo régimen político.

Y tenía razón de sobra, como la tuvo la mayor parte de los colaboradores del gobierno que suplicaban insistentemente al Presidente mártir un cambio de política en la administración pública, antes de que sobreviniera una catástrofe nacional que se presentía inevitable.

Pero como Don Abraham estimara que no estaba en su mano remediar un estado de cosas que instintivamente le eran desagradables, ni tampoco pretendía romper lanzas con el señor Madero, a quien quería de verdad, optó por volver a su provincia y a su gobierno de Chihuahua, donde vivió a su gusto, sin las responsabilidades inherentes al Ministro de Gobernación.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.34-35.

 
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