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DESAPARICIÓN Y ASESINATO DEL SENADOR DON BELISARIO DOMÍNGUEZ

 

COMO HEMOS PROCURADO seguir en nuestras Memorias de la Revolución un orden cronólogico, vamos a relatar cómo se desarrolló la tragedia que dio fin a la vida del heroico Senador Don Belisario Domínguez que fue asesinado en la noche del ocho al nueve de octubre de 1913, por más que comprendemos que esto sucedió en la capital de la República por orden del siniestro Huerta y nosotros nos encontrábamos en el Norte, como hemos relatado anteriormente.

El representante senatorial por Chiapas, Dr. Don Belisario Domínguez pronunció en la Alta Cámara el 23 de septiembre de 1913, el discurso que insertamos a continuación, por creerlo de gran interés histórico y porque enaltece en grado heroico la figura del ilustre patriota.

Don Belisario no improvisó su discurso; lo escribió después de meditarlo y sopesar las consecuencias que pudieran sobrevenir. Lo hizo con la conciencia de que iba al sacrificio, pero también con la convicción de que su sangre sería el mejor abono para la tierra donde crecería el árbol de la libertad que la Revolución sembró al caer su apóstol y mártir, Don Francisco I. Madero.

El Senador Domínguez fue un suicida consciente; no un suicida que se marchaba de este mundo por cobardía de vivir; sino un suicida que tuvo el convencimiento pleno de que su martirio sería ejemplo y bandera.

"El heroísmo, dice Amiel, es el triunfo brillante del alma sobre la carne; es decir, sobre el temor; temor a la pobreza, al sufrimiento, a la calumnia, a la enfermedad, a la soledad y a la muerte."

El Dr. Domínguez, levantando su espíritu a la altura de su egregio patriotismo, mató en su corazón el miedo a la muerte y fue al holocausto seguro de que su conducta sería considerada como paradigma de amor a México.

He aquí el documento:

"Señor Presidente del Senado:

Por tratarse de un asunto urgentísimo para la salud de la Patria, me veo obligado a prescindir de las fórmulas acostumbradas y a suplicar a usted se sirva dar principio a esta sesión tomando conocimiento de este pliego y dándolo a conocer en seguida a los señores Senadores.

Insisto, señor Presidente, en que este asunto debe ser conocido por el Senado en este mismo momento, porque dentro de pocas horas lo conocerá el público y urge que el Senado lo conozca antes que nadie.

Señores Senadores:

Vosotros habéis leído con profundo interés el informe presentado por Don Victoriano Huerta ante el Congreso de la Unión el 16 del presente. Indudablemente, señores Senadores, lo mismo que a mí, os ha llenado de indignación el cúmulo de falsedades que encierra este documento. ¿A quién pretende engañar? ¿Al Congreso de la Unión? No, señores. Todos sus miembros son personas ilustradas que se ocupan de política; que están al corriente de los sucesos del país; que no pueden ser engañados sobre el particular. ¿Se pretende engañar a la Nación Mexicana, a esta noble patria que, confiando en vuestra honradez, ha puesto en vuestras manos sus más caros intereses? ¿Qué debe hacer en este caso la Representación Nacional? Corresponder a la confianza con que la Patria lo ha honrado, decirle la verdad y no dejarla caer en el abismo que se abre a sus pies.

La verdad es ésta: durante el Gobierno de Don Victoriano Huerta, no solamente no se ha hecho nada en bien de la pacificación del país, sino que la situación de la República es infinitamente peor que antes. La Revolución se ha extendido en casi todos los Estados; muchas naciones, antes buenas amigas de México, rehúsan reconocer su Gobierno por ilegal; nuestra moneda encuéntrase despreciada en el extranjero; nuestro crédito en agonía; la prensa entera de la República, amordazada o cobardemente vendida al Gobierno y ocultando sistemáticamente la verdad; nuestros campos abandonados; muchos poblados arrasados y, por último, el hambre y la miseria en todas sus formas amenazando extenderse en toda la superficie de nuestro infortunado país. ¿A qué se debe tan triste situación?

Primero, y antes de todo, a que el pueblo mexicano no puede resignarse a tener como Presidente de la República a Victoriano Huerta, al soldado que se apoderó del Poder por medio de la traición y cuyo primer acto, al subir a la Presidencia, fue asesinar cobardemente al Presidente y al Vicepresidente, con toda legalidad ungidos por el voto público, habiendo sido el primero de éstos quien colmó de ascensos, honores y distinciones a Victoriano Huerta, y habiendo sido a él, igualmente, a quien juró públicamente lealtad y fidelidad inquebrantables.

'La paz se hará, cueste lo que cueste', ha dicho Don Victoriano Huerta. ¿Habéis comprendido, señores Senadores, lo que significan estas palabras en el criterio egoísta y feroz de Don Victoriano Huerta? Estas palabras significan que Don Victoriano está dispuesto a derramar toda la sangre mexicana, a cubrir de cadáveres todo el territorio nacional, a convertir en una inmensa ruina toda la extensión de nuestra Patria con tal de que él no abandone la Presidencia ni derrame una sola gota de su propia sangre.

En su loco afán por conservar la Presidencia, Victoriano Huerta está cometiendo otra infamia: está provocando con el Gobierno de los Estados Unidos de América un conflicto internacional, por el que, si llegara a resolverse con las armas, irían estoicamente a dar o a encontrar la muerte todos los mexicanos sobrevivientes a las matanzas de Victoriano Huerta, todos, menos Victoriano Huerta y Aureliano Blanquet, porque estos desgraciados están manchados con el estigma de la traición, y el pueblo y el Ejército los repudiarían llegado el caso.

Ésta es, en resumen, la triste realidad. A los espíritus débiles parece que nuestra ruina es inevitable, porque Don Victoriano Huerta se ha adueñado tanto del Poder, que para asegurar el triunfo de su candidatura a la Presidencia de la República en la parodia de elecciones anunciada para el 26 de octubre próximo, no ha vacilado en violar la soberanía de la mayor parte de los Estados, quitando a los Gobernadores Constitucionales e imponiendo a Gobernadores militares que se encarguen de burlar a los pueblos por medio de farsas ridículas y criminales.

Sin embargo, señores, un supremo esfuerzo puede salvarlo todo: cumpla su deber la Representación Nacional, y la Patria estará salvada y volverá a florecer más grande, más erguida y más hermosa que nunca.

La Representación Nacional debe deponer de la Presidencia de la República a Don Victoriano Huerta, por ser él contra quien protestan con mucha razón todos nuestros hermanos alzados en armas, y de consiguiente, por ser él quien menos puede llevar a efecto la pacificación, supremo anhelo de todos los mexicanos.

Me diréis, señores, que la tentativa es peligrosa; que Victoriano Huerta es un soldado sanguinario y feroz; que asesina sin vacilación y escrúpulo a todo aquel que le sirve de obstáculo. No importa: la Patria os exige que cumpláis vuestro deber aun con el peligro y la seguridad de perder la existencia. Si en vuestra ansiedad de volver a ver reinar la paz en la República, os habéis equivocado; si habéis creído las palabras falaces de un hombre que os ofrece pacificar la Nación en dos meses y lo hicisteis Presidente de la República, hoy que veis claramente que este hombre es un impostor, inepto y malvado que lleva a la Patria con toda velocidad a la ruina, ¿dejaréis por temor a la muerte, que continúe en el Poder?

Penetrad en vosotros mismos, señores, y resolved esta pregunta: ¿Qué se diría de la tripulación de un gran navío que en la más violenta tempestad y en un mar proceloso, nombrara piloto a un carnicero, que, sin ningún conocimiento náutico navegara por primera vez y no tuviera más recomendación que haber traicionado y asesinado al Capitán del barco?

Vuestro deber es imprescindible, señores: La Patria espera de vosotros que sabréis cumplirlo. Cumplido ese primer deber, será fácil a la Representación Nacional cubrir los otros que de él se derivan. Solicitándose en seguida a todos los jefes revolucionarios que cesen las hostilidades, nombren a sus delegados para que de común acuerdo elijan al Presidente que debe convocar a elecciones presidenciales y cuidar que éstas se efectúen con toda legalidad."

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: LUIS G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.171-175. Imagen: Casasola. Instituto Nacional de Antropología e Historia.

 
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