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UN AMPARO MILAGROSO

 

UN AMPARO MILAGROSO

¡LARGAS HORAS tenía que esperar, encerrado en el trasatlántico que me sirviera de abrigo! Horas de atroz angustia, por los míos, más que por mí mismo.

Las palabras del Capitán torturaban mi cerebro: "No entregaré a usted, salvo órdenes especiales de mi Cónsul..."

Las órdenes telegráficas de prenderme, despachadas en mi contra desde la Capital, ¿llegarían a Veracruz antes de que saliera el buque?

Los esbirros huertistas del puerto, ¿atreveríanse a reclamar mi entrega al Consulado de Francia?

Cuando mi progenitor en la escala del barco me abrazaba a la despedida, me consoló con la fe y la intuición que sólo los padres suelen tener ante el peligro.

Queda tranquilo, de aquí no te sacan, hijo mío, ya veras, ya verás. Dios nos ayudará.

Al dejarme en "La Navarre" no se dirigió a casa sino a la de su buen amigo, el Lic. Don José Domínguez, prominente abogado veracruzano muy noble de sentimientos y de todo fiar. Le informó detalladamente de mis comprometidas circunstancias pidiéndole consejo y ayuda inmediata, para el caso muy probable de una complicación.

Aquella bonísima persona y leal revolucionario, sin perder segundo, interpuso amparo a mi favor ante el juzgado competente, y para averiguar lo que hubiere sobre el inminente peligro que corría, fue en busca de informes auténticos, que desde luego obtuvo.

La orden de aprehensión había llegado por telégrafo al Comandante Militar de Veracruz, quien disponíase a obedecerla, cuando recibió del juzgado del Distrito la suspensión que me amparaba de todo procedimiento en mi contra.

Por supuesto que aquel acto supensivo no podía durar sino el tiempo que tardara en ir a México el informe del Comandante y volver la respuesta, que sería, sin la menor duda, en el sentido de pasar sobre la justicia federal y sobre mi fuero de Diputado.

Como sucedió.

Pero, mientras iban los informes de Veracruz a México, recabábanse allá los acuerdos respectivos y se dictaba el atropello final... ¿no saldría "La Navarre"? Y luego, los señores militares ¿respetarían el concedido amparo? Y si lo violaban ¿serían también capaces de provocar un incidente internacional con el Consulado de Francia?

El Lic. Domínguez, con acuciosidad de correligionario y empeño amistoso, estuvo alerta, hasta donde pudo, de los pasos gubernamentales, pero llegó el momento en que sus gestiones resultaron inútiles, porque a la postre ya no fueron las autoridades del puerto sino policías llegados exprofeso de México, los que se encargaron de intentar mi aprehensión.

El vapor francés se haría a la mar a las nueve y media de la mañana. Hasta el alba, ninguna novedad se presentó. Dieron las 6 y las 7 horas, sin que nadie se apareciera por el muelle. A las 9 y minutos llegaron mis padres y hermanas, Dolores e Irene, con Rosita, la queridísima hija adoptiva, y el leal Efrén, todos muy afanosos, buscándome con manifestaciones de imprudente alegría. Yo los miraba sin ser visto por ellos.

Poco más tarde se presentó en el muelle el honorable representante General de la Trasatlántica, señor Burgunder, de quien son los datos que expongo ahora, con todos los detalles que se sirvió relatarme años después.

Enterado de mi dramática aventura estaba atento a su epílogo, creyendo que todo había terminado con bien para mí y sin dificultades para su empresa, cuando inopinadamente llegaron al muelle dos agentes de la "reservada" vestidos de paisanos dirigiéndose al propio jefe de la Compañía.

Dispense, señor, ¿usted es el representante de la Trasatlántica?

Sí, señores.

Pues nosotros necesitamos ver al Diputado Fabela. ¿Tuviera usted la bondad de indicarnos dónde está?

No sé, no lo conozco.

Pues está a bordo.

No, señores, a bordo no hay ningún pasajero de apellido Fabela.

Sí, señor, nosotros estamos seguros de que se ha embarcado y como tenemos urgencia de hablarle, con permiso de usted, vamos a buscarlo.

E iniciaron el impulso de avanzar. Pero el señor Burgunder, autoritario, atajó su intento con frase y tono terminantes:

Imposible, señores, están dadas las órdenes de marcha. Ustedes no pueden ya subir.

Los polizontes, sorprendidos y contrariados, bisbisearon algo entre sí para después agregar majaderos y arbitrarios:

Pues como se trata de un asunto oficial y tenemos instrucciones que obedecer del Presidente de la República, vamos a bordo.

Lo siento mucho, pero ustedes han llegado tarde.

Los hombres no sabían qué hacer, porque el tiempo apremiaba y su misión corría inminente riesgo de frustrarse. Murmuraron otra vez y discutieron entre ellos sin ponerse de acuerdo, pues notábase la insistencia del uno y la negativa del otro en una nueva intentona.

Mientras este diálogo tenía lugar en el muelle, yo, desesperado porque mis familiares no podían mirarme a través de la claraboya del camarote, desobedeciendo los mandatos del Comandante, dejé mi encierro y subí a cubierta cuando la hélice principió a funcionar.

Mis gentes bienamadas, jubilosas de mirarme, al fin, no cesaban de reiterar sus adioses con signos de la más resplandeciente dicha, todo esto sin saber que allí mismo la policía estaba en acecho; sin importarnos a todos -por nuestra mutua ignorancia- que el barco siguiera atracado y la escala accesible.

El señor Burgunder, al describirme esta escena, me explicó que le hicimos pasar un rato de gran preocupación por nuestras desbordantes e inconscientes manifestaciones de contento. Aquel incidente fue para mi noble protector muy embarazoso. Encontrábase entre mis perseguidores y mis familiares, sin poder enterar a éstos de que allí estaba la policía acechándome, para no atemorizarlos, y a la vez, tratando de no atraer la atención de los agentes, frenéticos por su fracaso.

Sin embargo, con la esperanza de un eventual entendimiento conmigo, el señor Burgunder levantaba su diestra a la altura del rostro para aprovechar un momento propicio y hacerme un ademán de alarma. Todo inútil. Yo seguía embebido en la contemplación de aquellos seres queridísimos que quizá jamás volvería a ver.

Mi padre, casi erguido por su ventura infinita, como transfigurado, ostentaba el rostro feliz dentro de un impresionante marco de argenteria; y mi madre, con su halo santo, espiritualizaba todo mi ser.

La tripulación afanada en las escotillas con los últimos cargamentos y el muelle pleno de curiosos y deudos de la gente que se iba, animaban la inminente partida. Los pasajeros rezagados ascendían sudorosos dando traspiés y resoplidos. Y la sirena no cantaba su adiós.

De repente los jenízaros, todavía discutiendo con vivacidad, se escabulleron entre la muchedumbre acercándose solapadamente al estribo del buque.

El señor Burgunder, desconfiado, temiendo el intento de un final golpe de mano, aún posible, los siguió de cerca.

Los "quidams" se encaminaron cautelosos hacia la escala y ya pretendían trasponerla, cuando el enérgico señor Burgunder, abriendo los brazos en cruz para impedir la subida de los polizontes, los detuvo en los momentos que ascendía el "práctico" y sus empleados para dar la orden de salida.

Inmediatamente después, escuchóse la aguda nota de un silbato; el último personal de la empresa de vapores bajó y los cables levantaron la escala. Un estridente y largo silbido de la máquina anunció la marcha; las cadenas de popa crujieron levando el ancla, y "La Navarre" comenzó a moverse.

Cuando el trasatlántico hizo rumbo a la bocana y la gente llorosa o risueña agitaba sus manos y pañuelos en simbólicos adioses, los esbirros se fueron, diciendo:

Se nos escapó.

Pero ¿no decía usted que el Lic. Fabela no iba a bordo? Véalo. Ése es!

Yo no lo conozco -respondió mi salvador- y además, en la nómina del pasaje no aparece ningún señor Fabela. Sólo que se haya cambiado de nombre.

Como en efecto así fue, no siendo yo el autor de la idea, sino un empleado de la Trasatlántica que me lo sugirió.

En las circunstancias en que se encuentra, Lic., es preferible poner en el registro otro nombre que no sea el suyo.

Y asi lo hizo.

¡Designios providenciales!

Los sucedidos que he relatado me confirman la convicción de que tuve la mejor suerte al abandonar el país. Si hubiera permanecido en la Capital habría aumentado la lista de las víctimas de Victoriano Huerta, ya que al mandárseme aprehender en la ciudad de México, en el municipio de Huesca, Hidalgo, en mi pueblo natal, Atlacomulco, y en Veracruz, la consigna era la de asesinarme.

Se respeta ortografía de origen.

Fuente: Mis Memorias de la Revolución. Editados por la Comisión de Investigaciones Históricas de la Revolución Mexicana bajo la dirección de Josefina E. de Fabela. Coordinador: Roberto Ramos V. Investigadores: Luis G. Ceballos, Miguel Saldaña, Baldomero Segura García. Editorial Jus, S. A. México, 1977. pp.90-93.

 
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