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CARTA DECIMAQUARTA DE UN DOCTOR MEXICANO AL SEÑOR HIDALGO

 

CARTA DECIMAQUARTA

Al emperrador de Calderón, Caldera o Caldereta

¿Sabes, emperrador rabioso, bajo qué forma se me presentan tus altas y altivas pretensiones de ensalzamiento, hasta quedar pendiente de una de las puntas de la luna menguante?...

He buscado un símil, he recorrido la naturaleza bruta, y lo he hallado en las consideraciones de Humboldt sobre los desiertos, y hacia las orillas del Orinoco.

“Allí (dice este sabio viajero) si se da crédito a los naturales del país, se ve en los bordes de los pantanos, levantarse poco a poco un vapor espeso; oyese luego un ruido violento como el de una explosión eléctrica; la tierra removida alzase a modo de nube; y el que observa y conoce este fenómeno, echa a correr al punto que lo advierte, porque a las primeras lluvias, sale de su tumba y se despierta de su muerte aparente un serpentón monstruoso, o un feroz cocodrilo cubierto de duras escamas”; tan fieros animales dormían en el fango, y parecían sepultados para siempre; la benéfica influencia de la estación los despierta, salen con estruendo de su sepulcro remedando la erupción de los volcanes y arrojando exhalaciones pestíferas.

Tiembla el caminante, huye ligero y despavorido, porque no le alcance el serpentón que va a erguir su cabeza ponzoñosa, o el caimanote o cocodrilazo hambriento, que tras aquel ruido y el vapor espeso que se remonta, enseña su bocaza formidable y los órdenes de dientes desmenuzadores.

Así tu ita, pariter & eodem modo (en tu estilo familiar vetusto) aparentabas reposo o muerte civil y eclesiástica en tu tumba de Dolores, y que estabas muy tumbado en el seno de la corrupción, alimentándote como dichos animales de la grasa de antaño; (1) pero al sentir que en medio de los truenos de la revolución causada por el dragón máximo, el cielo empezaba a derramar sobre ambas Españas benéficos influjos, que prometían una estación más florida y fructífera que las pasadas; tú, que lo oliste y barruntaste, quisiste no tardar en el auxilio que demandaba el proto-cocodrilo, emperrador primero de los ruines hambrientos perros gabachos, que quieren roernos hasta los huesos, y pegarnos su rabia gálica y anticristiana.

Dijiste entonces a tu primera costilla con tu frase familiar: negrita, si no despertamos, mal estamos.

Te removiste; echaste un vaporazo o vaho pestilencial; despediste pequeñas explosiones preparatorias: el humo fétido subía y dio a algunos en las narices; procuraron huir, temiendo que iban a brotar culebrones (y no acuáticos) y caimanes muy cuadrúpedos, en pos de vuestra alteza serpentaria, elevada sobre aquellos humos remolinados que aún encubrían tu cabeza de soberbia serpiente, y tu boca de cocodrilo rabioso y devorador.

Al fin apareciste en ambas figuras; y aunque la hacías tan mala e infernal (mixto de clérigo apóstata y de vasallo traidor) atrajiste con el vaho de coyote a muchos coyotes de tu pelo, y despertaste a varias serpientes orgullosas medio adormecidas (2) y a muchos caimanes hambrientos que esperaban tu resurrección o insurrección para matar y comerse a los incautos y desarmados.

Después de tantas correrías y torerías sangrientas y escandalosas, (cuales no se ven entre esos mismos fieros animales que se combaten, acometen y encarnizan en las llanuras del Orinoco, pues ellos sólo buscan saciar su hambre, y no el placer reservado al tigre de destrozar inútilmente) después de haber ensayado bien tu rabia tigrina y tu malicia lupina, creíste poder enviar hacia arriba vapores densos, y hacer que tus supimos generales y tus gerundios co-apóstoles fanáticos los reputasen de figura circular, al modo de corona que te bajaba de las nubes, que te enviaba diva Venus y que te clavaría Vulcano a martillazos.

Para tan mágico espectáculo destinaste la eminencia Calderoniana, donde cien mil estúpidos mirones admirados mirasen con el microscopio craso de su ignorancia a su primer serpenteo coronado entre remolinos de humo sulfúreo, que levantarían cien bocas de bronce, inspirando terror a los que estuvieran apartados o que intentasen conjurar la nube y deshacer con balas tal encantamiento de bestias de todas clases, condiciones y estados, y de color verdinegro.

Precedieron las torcidas líneas que te dictó tu obscura y vil política, y corno ya has quedado medio tuerto en las campañas anteriores, no viste derechamente en Guadalajara cosa con cosa; todo lo atropellaste; creció tu furor; la soberbia y la blasfemia no conocieron límites; el fanatismo de tu irreligión y rebeldía resonó en los templos y calles, en las casas y en los burdeles.

Con un papelote impreso convocaste a todos los malvados a que te diesen ayudas; enviaste; un iluso (el desbarrancado clerizonte Mercado) a ocupar a San Blas; pues el verrugoso y salvaje ex-clérigo Morelos ya sitiaba a Acapulco.

Con estos dos puertos decías (haciendo del chistoso y agudo) que tendrías las dos puertas principales para pedir auxilios, enviar escuadras, entablar correspondencias directas con el emperador del Japón y con el de la gran China, recibir cien mil jopes y otros tantos desnarigados, que formasen tu guardia, al modo de los suizos en Europa.

Que para desunir a los Estados Unidos habías puesto el ojo que te quedaba en un latón, (3) a modo de lapón, quien con la plenitud de tu tempestad fuese a alborotar a aquellos pueblos agricultores, ofreciéndoles todo el vino y viñas de Parras y las minas de Zacatecas, si en número de ocho mil bien armados de hambre y de rabia venían a concluir la para ti importante obra de acabar con los setenta y ocho mil europeos, que aún quedaban, y con el ejército de veinte mil americanos, que te incomodaba en todas partes y a todas horas, sin dejarte dormir muchas noches seguidas en un mismo tálamo imperial, real y verdadero; posar en un mismo palacio largas horas, y robar con sosiego y con el necesario conocimiento cuanto hay en los pueblos, sin que se escape nada a las pesquisas de tu tropa hidalguña, amiga de arañar hasta los cálices y patenas, pues había entrado en el mundo arañando el petate.

(Y esto también fue lo primero que tú hiciste al nacer).

En repetidas juntas que celebrabas en las noches de diciembre oías los planes que te propusieron desde el de octubre tus arrieros sobre instalación (según llamaban), para que de una vez te se instalase, quedase asegurada la corvona y declarada la dependencia que todos habían de tener del consejo supremo arrieril y de su presidente el cura Costilla proclamado la primera cabeza del senado.

Siete fueron los proyectos.

No te gustó el del conde de Laguna, porque parecía haberlo hecho borracho, por proponer y pretender indulto de algunos europeos (como ya lo había expedido a favor de uno que otro); pues esto decías: “es incompatible con mi seguridad y con el primer objeto de mi alzamiento.

Pronto mis futuros quedarían pretéritos y yo un participio en rus o en rum neutro; cosas me enseña la gramática que vosotros no aprendisteis.

Es indispensable que declinemos a todos los europeos con sus nombres y apellidos; y que sepáis sólo conjugar y jugar bien los verbos: rapio, subripio, abripio, diripio; y en lengua vulgar: yo robo; tú robas; nosotros robamos; vosotros robáis; y lo mismo: yo mato; tú matas; matamos, matáis, fornico, fornicáis, etcétera, como tenéis bien entendido, y que no os desentendáis jamás de esta regla primera de mi arte.”

Desechó también tu alteza (que ya te se asomaba por el humo de tus narices, y por el regüeldo y resoplido de tu boca) la memoria de Iñigo Pánfilo, natural de Patamba (en el mismo obispado de Valladolid, donde naciste y fuiste (4) papá a tus catorce); porque pedía no se le tocase a Fernando VII, en sus vivas y retratos; que las gentes con eso se consolaban tu sinrazón fue terminante: “si con eso se consuelan, es porque esperan; y yo me desesperaría y todo lo perderíamos si siguiera ese entusiasmo por el rey vivo o pintado.

Mi sucesión a su corona y a toda la casa de Borbón, se frustraba; y así no seamos vaqueros y bobones.”

El tal Iñigo, aunque general, era uno y otro, y no había olvidado del todo el catecismo, como tú exiges de tu recua.

En fin, enviados a la parte posterior tres legajos más de tres topiles, que llamabas legos y beatos diste en la noche del 10 la preferencia al gran proyecto de Chico, nombrado desde antes tu ministro de gracia y justicia, para cooperar a todas tus injusticias y procurar nuestras mayores desgracias.

Este comprendía la minuta de tu usurpación restante y de los medios por donde debía conseguirse: “que la batalla de Calderón sería tu coronamiento; que desplegadas dos alas de a cincuenta mil gavilanes, y tú en el centro enseñando las uñas, haríais retirar de miedo a las tropas hasta entonces vencedoras y afortunadas del rey bajo el mando de Calleja y Cruz; que apoderado el terror pánico de los invencibles, los destrozabais en un vuelo a uñazos, y no habría oposición a las rapiñas por todo el reino, ni al exterminio de los que no te rindiesen el pórrigo o quisieran resistir a tu porrudo.

Que la victoria era infalible, y borraría la nota de cobardía y flaqueza que había caído en tus costillas, por las necias disposiciones del botarate Allende, falto de luces y falso en sus obscuras miras, porque ya se le brujuleaba algo de pedir cotufas al golfo, y arrinconarte, por razón de clérigo irregular pasado, caprichudo, bribón, ridículo, abotargado, vejancón, zanquituerto y retuerto, incapaz de consejo ni de gobernar un atajo de mulas, ni de hacer frente a una mulata.

Que en ti sobraba valor, cuando sobreabundaba malicia; que no sólo eras bueno para zorro entre zorras desolladas, sino para desollar por tus propias manos consagradas a cuantas reses blancas o prietas pastaban en el vasto continente (tu futura adquisición) y a sus mayorales y pastores, tus primeros adversarios.—

Que si los secuaces te veían flaquear, titubear, retroceder en lo más brillante de la carrera estando en posesión de la segunda ciudad de Nueva España, disponiendo de todo a tu arbitrio, haciendo comparecer ante tu persona real y verdadera (aunque fantástica) a los vecinos ilustres, encarcelando a cuantos te daba la gana, concediendo la vida de día al que habías de asesinar de noche; que si después de todos estos actos de capricho absoluto y despótico, no dabas un vuelo como Napoleón (siendo otro tal como él) a la coronilla que faltaba, te tendrían por inepto, impotente y poco zorro, cuando podías zurrar la badana aún a tus amigos y a tu propio maestro. (5)

Concluyó su informe tu ministril Chico pidiendo que para emperrar a los indios te declarases emperrador mulato e indio en el puente de Calderón, y protector, fautor (sive factor) de mestizos, y amo del continente.”

Un ósculo le diste en las uñas largas a tu Chico, alias Don José Chico, y le ratificaste el tratamiento de excelencia, mandando que en todos los negocios que no fuesen de guerra se entendiesen los arrieros, y demás alcurnia hidalguña con este tu ministro de gracia y justicia.

(No puedes desconocer las palabras materiales de los títulos que has expedido a tus bravos comilitones).

¡Qué grandullón es tu Chico!

Llega en esto abrazándote tu ex licenciado Aldama y dícete: “mi generalísimo: es tiempo de avanzar; los pasos rápidos son los que más presto acaban la carrera; hay traidores y cobardes en nuestra cofradía, que nos la han atrasado en las acciones y proyectos primeros.

Mas en esta capital de Nueva Galicia se ha madurado y recalentado la cosicosa.

El teatro está dispuesto para ver que tal sienta una representación de majestad y grandeza.

Salga ya vuestra alteza con aparato de mayor persona que hasta aquí.

Haya guardias de corps que cerquen su cuerpo, feos que espanten; crueles que escarmienten; resentidos del anterior gobierno monárquico, que se venguen.

Las cárceles son semilleros de tales héroes.

Los hallará vuestra real persona a manojos.

Ningunos más propios que ellos, para que sea vuestra alteza el engendrador y reengendrador de los estados, tanto de los llanos como de los empinados.

Distingue tempora y con concordatis jura.

Los derechos penden de las circunstancias de tiempos, y los presentes piden con urgencia la abolición de todos los derechos (y pudo añadir: mucho más estando vuestra alteza tuerto.)

Si con un absoluto imperio no se funde y refunde en una sola testa la autoridad, serán infructuosas nuestras fatigas revolucionarias.

No seamos planetas estacionarios, y mucho menos retrógrados.

Habiendo brillado ya tanto el refulgente astro que cubre el pecho, ombligo y vientre grande de vuestra alteza debe subirá su cenit, sino quiero que bajemos todos al nadir.

No olvide ahora V. A. I. y R. lo que me explicó en mi mocedad sobre el curso de los astros.

Haya un solo sol, y de él recibamos los demás planetas y satélites los fulgores, y por decirlo con un equívoco expresivo en la política que nos conviene, también los fulgures.

Si no nuestras huestes, que son la luna de este planisferio, se mudarán como ella.

Ya se dice en papeles que esa tropa hidalguña está loca y lunática.

Sea así o no; mi dictamen es, que sin cura, no seguirá esta locura.

Al remate hiciste un gesto y frunciste el hocico; te se hinchó la vena gorda de la frente y echaste al leguleyo Aldama una andanada de venablos, que si él no se echa a tus reales plantas, besa tus reales pies, implora tu real clemencia (aliter demencia) y jura por lo más profanado, que te reputa y ha reputado y reputará por el monarca más cuerdo, y ha de reputar a tu costilla por la cuerda más impía y estirada de la dinastía; le hubiera costado caro al licenciadillo el no distinguir de tiempos para concordar los locos y sus fueros.

Acabó de amansarse tu ira fulgurante con la improvisa entrada de tu querida Quiteria, y de las dos sobrinas del licenciadote, que te dijeron eran las once de la noche, que se enfriaba la cena, y que al siguiente día querían oír tu misa, pues era el día de la Virgen de Guadalupe, a quien consagrabas tus empresas, y de quien habías de recibir el premio y la corona.

Esta última voz te puso como una seda, y abrazándolas fuertemente, saliste a cenar (aunque ayunabas) tu acostumbrado plato de rabo de mestiza. (6).—

Así pasaste la noche después de haber citado para junta de generales a las diez de la mañana del doce.

Quiteria te aseguró mil veces en la noche, que ella no te quitaría la corona que ya te había puesto, antes la procuraría agrandar y extender; que el partido de las mujeres de tus generales estaba empeñado en coronarte; y que era la decisión de toda la contienda, después que ella (como se había ya publicado en las iglesias de América en edictos de la Inquisición) por tus disposiciones antecedentes, siempre había tratado de la recíproca coronación.

Las alusiones y expresivos extremos de tu tan amartelada reina, te hicieron consentir gustoso en coronarte y coronarla en Calderón.

Quisiera saber de ti mismo lo dicho ventilado, controvertido, rebatido y resuelto en la junta del 12.

Por ahora no tengo más noticias que el diario, que se le cayó al padre Balleza (tu mariscal y vicario) en la batalla del 17 de enero al tiempo de huir desbocadamente gritando como loco: (7) omnia pedivimus, & omnis perdivimus: maledictus pons de Calderon.

Dice así, por si no lo leíste entonces; pues quiero también, que sepas que todo lo sabemos o lo sabremos, para que quede consignado en los anales del mayor frenético...

Día 12 de diciembre de 1810.

Cité a junta de generales; cuatro por los del kirie alto; cuatro por los arrieros; cuatro por los vaqueros, y cuatro por los demás cuerpos.

Entramos: saludamos al generalísimo, (bajo solio, estaba, quitado un retrato de su antecesor); le besé la mano, y el primero le saludé; emperador; y di un grito de gozo, dando veinte cabriolas y zapatetas en el aire.

Repetí: viva el imperativo Hidalgo Costilla, el primer primor de nuestra América; viva nuestra señora Quiteria; viva nuestra señora de Guadalupe; y mueran en Calderón, y vayan a las calderas de Pero Botero, todos los perros gachupines.

Viva Miguel: viva y beba nuestro Hidalgo.

Entonces su majestad (in pectore) tocó la campanilla; callé; me senté; me limpié el sudor; y pedí un vaso de aguardiente, y dejé el santo óleo, que siempre cargo por si forte, (8) en la mesa en que el mariscal Gordillo hacía de secretario.—

Su majestad tomó un trago, y luego otro trago, y al tercer trago tomó la palabra, así poco más o menos, que toda la lana es pelos, y no me detengo en pelillos.

A la sustancia.

“Cada uno de vosotros en las privadas y secretas conferencias ha opinado que debe nombrárseme emperador después de generalísimo en una batalla decisiva, como los soldados lo hacían antiguamente; y así salían de una refriega emperadores romanos.

Sólo yo, y yo solamente puedo, como el autor conservar el entusiasmo y acabar de conmover los pueblos.

Si vencemos en la acción grande que se prepara, como sé, (juro y rejuro que lo sé) que venceremos; allí mismo se hará mi reconocimiento público de emperador y rey.

Están acuñadas monedas desde Guanajuato; con bosques, selvas, montes; mis armas en unas astas de toro bravo, y mi nombre en la orla;0000000mi derecho imperial está grabado en oro, plata y bronce.

¿Qué mayor firmeza para mi imperio?...

Audite magnates: vosotros sois los magnates de él.—

Quiero reintegrar a los indios bestias en los derechos de animales.

¿La razón? Porque una sola vez, dicen los teólogos, que la Escritura nombra indio así: et indus magister bestiae: (9) indio maestro de bestia; ergo ha de ser como el discípulo para que pueda enseñarlo y gobernarlo.—

Quiero y requiero ensalzar a los arrieros, que no sean indios.

¿El motivo? porque el maldito gachupín, el hidalgo don Quijote de la Mancha en la noche que velaba sus armas, rompió la cabeza a una máquina de arrieros.

Siendo yo el Hidalgo don Quijote antigachupín, debo empezar vengando este agravio hecho a esta clase, de la cual procedo yo, y a la que me inclino en mi imperio, porque las recuas y atajos serán mi mayor sostén y pujavante.

Vos non sapitis de rebus bellicis.

No sabéis de cosas bélicas, os digo; y por eso no otro puede ser emperador.

He leído a Vegecio, que trata de las guerras romanas muy bien.

Tengo a todo Vegecio en la cabeza y en la uña, y por la edad bien digerido.

He formado grandes boterías para el puente.

Todo y todos caerán a mis plantas.

En México y en otras partes están aguardando el éxito mis antiguos cabalistas y ballesteros.

Quede esto por ahora in secretis... Importa.. in secretis...

He mandado ofrecer esta noche a Júpiter capitolino (10) y a nuestra señora de Guadalupe un hecatombe, no de reses, sino de cien gachupines, que ya están en el matadero, y los he engañado ofreciendo indulto por empeños de monjas, frailes y muchachas bonitas.

Que la paguen bajo el machete... y todos gritamos: viva el emperador y nuestra señora de Guadalupe, vivamos, veamos y bebamos nosotros cantando a Baco, Venus y Marte.

Su majestad apuró el vaso, y titubeando y medio cerrando el ojito de lucero, repitió: cras, cras, cras.”

Lo demás del diario no podía leerse.

Tan asqueroso y embadurnado estaba: como también el manifiesto impreso.

Se conoce que al huir Balleza, el miedo descargó su furia pestilente sobre los tales papeles, y apenas se distinguía tu nombre y títulos de puro chorreados en la fugitiva descarga ballesiana.

Avísame tú lo restante, si no has hallado ya un mata costillas, ya que no hubo en Valladolid ni en Guadalajara un Matathias que nos librase del serpentón, cocodrilazo, lagartote, o caimanazo emperradísimo emperrador: con lo que me obligan a disgustarme ya en la correspondencia por disgustarte con ella. Rabia tú; y yo daré fin a la obra; y que tus animales respondan al fin: amen, amén.

NOTAS

1. Antes empezabas el año arrendando en diez mil pesos el curato, gastándolos en diez días, y endrogándote después para diez siglos.

Los arrendatarios quedaban con el bravo empeño de sacar aún más jugo a los recién nacidos y a los muertos; y mientras otros pobres curas y vicarios sudaban en el ministerio sin tener los bastante para su decencia; tú engrosado, impinguado, dilatado con tu vampírica, crasicie, establecidas otras vampiros legos, que chupasen la sangre que les dejabas; acostumbrándote por muchos años al arte chupadora, que hoy has desplegado, siendo la sanguijuela más insaciable, que se ha criado en los charcos de tu general, el conde de Laguna enemigo del agua.

2. Pudiera nombrar a varios venenosísimos serpentones, salidos de tu vientre y costilla, que con toda malicia te han ayudado a ser ladrón y homicida bárbaro o infame.

Un Anzorena vil, ocupará el primer lugar; y las víctimas que procuró asesinar contigo en Valladolid, Guanajuato y etcétera clamarán siempre contra la infamia de éste y otros ponzoñosos malvados, llenos de presunción, ignorancia y ambición brutal; que para medrar en la revolución quitaron de en medio mérito, la virtud y el talento de los asesores de Valladolid y Guanajuato y etcétera, y de mil otros, que con sus prendas les hacían sombra, y excitaban su feroz envidia...

¡O víctimas del honor y lealtad española y cristiana; os ha pagado el tributo de mis lágrimas reconocidas; y juro vengaros persiguiendo el nombre y la sombra de vuestros asesinos crueles! Así pudiera derramar su negra sangre en los sitios lóbregos en que vertieron cobardemente la vuestra con la de un sacerdote del Altísimo, que increpaba su furor impío ¡O monstruos! ¡O canalla miserable y rabiosa!

3. Don Pascasio Letona, infame sabiondo, que iba de enviado; y arrestado en el camino, murió según unos de hambre; según otros de veneno que él se tomó; no habiendo querido comer en tres días.

Él mismo castigó su delito agravándolo.

Se le hallaron en la silla del caballo los papeles y títulos de tu mano traidora, en que firmaste su ruina, cuando tratabas de la nuestra.

Así sucede con los tunantes que te siguen: tú mismo los sacrificas, y según el resultado de tu desatinada rebelión, podríamos pensar que te habrías propuesto limpiar el reino de la borra y morralla que lo afea y contamina; porque tú quieres ser el único perverso y sobrado para apestarlo.

4. Otros por tus declinados, piensan que dos años antes.

Como suple la malicia la edad, yo opino que antes con antes.

Así lo susurran.

A carne y uña fuiste inclinadísimo desde tu primera edad; preludio de lo que un Zorro había de ser en la última; cuando preciándote de Sansón, y al lado de tu Dalila habías de esparcir muchas zorras con los rabos encendidos para abrasar las mieses de Nueva España, como si fuéramos algunos filisteazos, que después de tusarte te hubiésemos sacado los ojos...

¡Ojalá que así lo hubiera ejecutado, algún buen ciudadano grande dormías en los placeres de tu zahurda, después de ya rebelado! ¿Dónde estáis celosos Mathathias?

5. Asegurase que el señor chantre Morena (respetable por todo) que tuvo la desgracia de ser tu maestro, le arrancaste veinticinco mil pesos; so pena de azotes, o de hacer lo que Nerón con su maestro Séneca.

¡Qué dolor sobrevivir un maestro sabio y virtuoso a la infamia y apostasía de tal discípulo, y haber de comprar la piel y la vida con dinero!...

Vaya que en rapiñas has discurrido como tu Napo-ladrón y con ventajas; pues el Corso distinguió a un religioso su antiguo maestro, que lo acompañaba en las campañas de Italia, y le pagaba; mas tú le haces pagar bien caro al tuyo, no seguiste en la devastación, con que pretendes reducir el reino (frase tuya) tuyo a un vasto incontinente.

Era el final de tu impreso, llamado Manifiesto.

6. Por estimulante, y por la alusión indecente que hallasen este guiso, dicen tus cocineras, que lo prefieres al cremole, pipiano y chiles rellenos; aunque son también platos favoritos.

Sobre tu gusto no te armaré disputas.

No es del caso sino para tu historia.

7. Perdivimies perdivimus.

Nótese por ti la elegancia ciceroniana de tu vicario latino.

¿Qué será cuando hable en hebreo? Animales profundos en gramática y moral tienes en tu escuela eclesiástico-político-militar para tu gloria y corona...

Tu segundo tomo de a folio, que las toma muy buenas; aunque dice misa en el modo hidalgueño, que ya te dije, no quiero bautizar ni confesar aún a moribundos, porque añade que no tiene licencias; y este mismísimo animal tan propio de ti como tú propio, dispensa impedimentos matrimoniales, y casa a cuantos se presentan.

Pero la misa y el casar tienen sus derechos o limosnas; y tú con tu trompa tratas sólo de cobrar, recobrar y recargar derechos.

Lo dice tu impreso, y para tal canalla vale más que un concilio.

8. La trípode de Delfos nada era en cotejo de tus decisiones tripudiales.

Diez años ha que tres testigos oculares me aseguraron que en un baile que les diste, uno de tus vicarios bailó el pan de jarabe, llevando colgado el santo óleo.

No extraño que Balleza lo profanase de nuevo, y más cuando tratáis de olear y enterrar a todos; no curas sino sepultureros.

9. Mal entiendes y aplicas este texto del I libro de los macabeos (c. 6 v. 37) confundiendo indias con indias; e indios con brutos.

Acomodándolo yo a ti, diré, que tú mestizo, y así indio por lo costilla, quieres hacerte maestro y jefe de cuadrúpedos: indus magister bestiae; aspirando a declararte en Calderón el rey de los zopilotes.

Calleja te labró corona; Flon te la fue a poner; y Cruz te hubiera levantado en alto.

Pero huiste vil, taimado y cobarde del teatro, en que se hubieran coronado tus empresas, como merece un loco que sueña reinos.

10. Parece que tu coronel Zea, gran verdugo, al ser ahorcado declaraba, que a un tal Huiztilipuztli querías sacrificar todos los europeos y sus hijos, reservándote las hembras; y que lo llamabas el Júpiter de tu cabeza o capitolino, para significar tu verdadero numen y al que ofrecerías víctimas a millares, así que almorzases, pavo real en Calderón; comieses papa en Querétaro; cenases zorra en México, y durmieses todo junto en Veracruz; zorra, papa y guajolote.

 
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