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EL SECRETO DE LA ESCUELA PRIMARIA

Los dos chiquillos vagos y curiosos no supieron de pronto qué hacer con el tesoro que habían descubierto. Ahí, empotradas en la pared de piedra, cientos de botellas de vino descansaban, llenas de polvo, en un entramado de madera.

En el pasaje subterráneo donde estaban metidos los niños, las luces cruzadas de una veladora y de una improvisada antorcha, generaban sombras inciertas y vacilantes. Una de las botellas, rota al caer, reveló que, de tan antiguos, aquellos caldos de la vid se habían trocado en vinagre.

 Y de pronto, al desprenderse una masa de tierra, quedaron al descubierto los huesos colgantes de una mano humana, sola, desprendida del resto del cuerpo ausente, sostenida por un aro de metal y de un tramo de cadenas adelgazadas por la oxidación.

“Jico” y Salvador habían entrado a su escuela por la noche y se atrevieron a violentar la cerradura del “cuarto misterioso”. Tuvieron que esperar a que en sus casas los creyeran dormidos, saltaron por la ventana de su cuarto, uno, y por la cerca de su patio, el otro, para reunirse en el lugar acordado, frente a la Presidencia Municipal.

La antigua escuela Mariano Jiménez corresponde al inmueble en el que estuvo preso el Padre de la Patria don Miguel Hidalgo y Costilla, en 1811, en ruta hacia la capital de Chihuahua donde le iban a ejecutar. La escuela original fue demolida hace como 35 años, pero antes de que la rehicieran, era toda de adobe, con aquellas grandes vigas y tabletas en altos techos, de paredes anchas y puertas de madera.

Situada en un punto de Ciudad Jiménez donde confluyen las calles Juárez, Abraham González e Independencia, esta primaria es la más céntrica, y los chamacos tuvieron que esperar a que amainara la circulación en las calles.

 El “cuarto misterioso” era en realidad una bodega, donde se apilaban las maderas que servían como andamios en las reparaciones, las palas y azadas, las mangueras que usaban los jardineros, y donde se amontonaban en desorden los restos de los escritorios y mesabancos que eran sacados de la circulación. Entre los chiquillos se contaban leyendas sobre los misterios que encerraba la bodega: se decía que ahí estaba el cadáver de don Miguel Hidalgo, que había un tesoro de Pancho Villa, y que permanecían en lo profundo los restos de un cementerio español. Y se decía que en su interior había muerto asfixiado hacía muchos años, un alumno al que le cayeron, abiertos, varios sacos de cemento en la cabeza.

Con la curiosidad aguda y terca de la aventura en estas edades, los niños escudriñaron rincón por rincón, y descubrieron, debajo de la pila de muebles deshechos, una trampa de madera con argolla de metal. Jalaron el arillo y, al cabo de varios minutos de pujar en vano, hicieron palanca con una barra de hierro hasta que la trampa cedió y la pudieron despegar del suelo.

Para su sorpresa, los esperaba una escalera de piedra que los condujo hasta la boca de un túnel de paredes irregulares y húmedas por las que goteaba agua. El suelo de este camino estaba encharcado a todo lo largo, y en el ambiente privaban olores de herrumbre y de humedad concentrada. Se apreciaba en tramos cómo se habían vencido y roto los maderos ya podridos de la estructura de soporte.

Avanzaron tal vez una cuadra, en medio de infinitas dificultades para caminar. Y al fondo pudieron distinguir que el túnel había sido interrumpido de tajo por un derrumbe de tierra y escombros.

Pero ¿era aquél el final?

Así parecía, pero para los curiosos que tan lejos habían llegado, un último vistazo era obligatorio. Con un madero que encontró entre los escombros, Xicoténcatl (“Jico”) se puso a picarle a la tierra de la pared, hasta que asomó el corcho del pico de una botella negra.

Con un golpe mayor se descubrió un mueble de madera empotrado en la roca, en el que se habían colocado decenas, tal vez centenares de botellas de vino tinto. Se trataba de la cava olvidada de alguna de las antiguas casonas señoriales de Jiménez, que algún evento fortuito enterró en el olvido al morir, quizás, el dueño que la construyó.

Al seguir escarbando en la pared, Salvador desenterró aquella mano de huesos blanqueados y, valientes ambos compañeros, controlaron el miedo para buscar el cadáver perdido.

Cuando no encontraron el cuerpo que correspondía a aquel infeliz que de seguro murió de hambre y de torturas en cautiverio, les funcionó entonces el mecanismo del miedo.

Y corrieron y tropezaron y salieron despavoridos, pero no olvidaron cerrar la trampa y las demás puertas que habían abierto a lo largo de la aventura.

 El tiempo y el olvido terminaron por enterrar aquel túnel, y, con él, todo recuerdo de la cava de vinos tintos y del cadáver del prisionero de la mano suelta.

Fuente: Articulo autoría de Froilán Meza Rivera. La Crónica de Chihuahua. Enero de 2012.

 
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