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DISCURSO PRONUNCIADO POR EL ÁLVARO OBREGÓN, SIENDO JEFE DEL CUERPO DEL EJÉRCITO DE NOROESTE

 

 

Desde que la primera armadura, el primer casco y la primera bota que trajeron los hombres de la civilización, desembarcaron en nuestras playas, y a esa bota, a esa armadura y a ese casco se unieron el bonete y el primer signo de traición que cruzó por el cielo de nuestra Patria, y que encarnó en la Malinche, el sol de nuestra Anáhuac se obscureció en las trágicas nubes de la traición, el crimen y la ignominia, y ha avivado sólo sus rayos temporalmente en nuestras frentes, y digo temporalmente, porque en esa eterna noche de más de 400 años, sólo interrumpieron nuestras tinieblas los tres gigantescos meteoros que se llaman: Hidalgo, Juárez y Madero.

Y la estela de luz que esos meteoros gigantescos nos legaron, tuvo vida efímera; la culpa no fue de ellos, fue la culpa de las generaciones degeneradas, que no supieron hacer uso de la inmensa herencia que nos legaron; pero los pueblos, que son superiores a los siglos, siempre vencen con su voluntad inquebrantable; es por eso que vino una generación con savia de virilidad y de honor y reclamó ante el tribunal del universo la herencia que le habían legado sus antepasados y de la que fraudulentamente habían sepultado en las tinieblas los enemigos de la ley.

El último meteoro que fue el que surgiera de esa generación, fue suprimido, creyendo que al suprimir a ese hombre se acabaría para siempre aquella lucha que él iniciara, y entonces fue cuando la voz prepotente de un pueblo, y entonces fue cuando la voz prepotente de un hombre protestara contra tal crimen, y fue entonces cuando el ciudadano Venustiano Carranza levantara la antorcha luminosa para buscar el camino que habíamos perdido y que nos había sido señalado por nuestros antepasados, y esa antorcha es la verdad, y la verdad es la luz.

Y la lucha se hizo lucha bruta, lucha inmortal, como lo son siempre los actos de la fuerza bruta, y el Pueblo ensoberbecido derrocó al usurpador; en esa lucha que lo derrocara, había hombres que creían que se trataba de quitar a unos malvados para colocar a otros, y empezó automáticamente a dividirse el gran Partido Constitucionalista, uno encabezado por Doroteo Arango; otro, por Venustiano Carranza; el primero había convertido la sangre de sus hermanos en brillantes y queridas, y el otro, llevaba como símbolo el honor, y cargaba todavía en sus espaldas el polvo de sus campañas, y traía aún en el rostro el humo de sus combates.

La división era necesaria, la división era indispensable, y en esa Convención de Aguascalientes, que algunos calificaron de exclusa, y que yo califico de crisol, digo crisol, porque ahí se separaron elementos malos de los buenos entre los últimos, tengo el orgullo de contarme yo, que fui sin vacilaciones a la Convención, porque tenía la seguridad que los dólares de Villa y la insidia de Ángeles, se embotarían ante la coraza de mi propio honor, y cuando Venustiano Carranza se replegó al Sur, y dejó como avanzada al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl, yo supe responder, como supieron muchos de los que fueron a la Convención, al llamado de ese hombre, y entonces fué cuando Carranza se levantó en el Sur muy alto, y entonces fué cuando Villa se levantó en el Norte, más alto; el pedestal de Villa era mucho más grande que el de Carranza, pero su estructura no era igual, el pedestal en que descansaba éste era el de su propio honor, y el de los militares leales que desoyendo las voces de la ambición y la codicia, fuimos a ofrecer nuestra sangre a la Patria, y por consiguiente, su estructura era de elementos homogéneos, el de Villa se componía de todas las influencias, de todos los intereses rastreros y de todas las envidias y de todas las ambiciones.

En el Partido Constitucionalista se hablaba un solo idioma; en el Partido de Villa se hablaban varios.

En las cajas de Villa, lo mismo que se podía encontrar un bilimbique o una libra esterlina, que un dólar.

Entonces fue cuando Carranza midió a Villa y cuando Villa creyó medir a Carranza; pero, ¿quién era Villa para medir a ese hombre incólume? La nerviosidad de Villa, la ofuscación de Villa y su altanería demostraban al mundo que su conciencia le decía: eres, has sido y serás traidor. La inconmovilidad de Carranza, la majestad de Carranza, era la majestad de la justicia misma y entonces fue cuando se levantara Carranza más grande, señalándonos el Norte con la antorcha luminosa de la verdad, nos dijo: tengo poco parque, tengo pocas armas, tengo pocos hombres, pero la justicia es nuestra y venceremos.

Y fue cuando nuestros cañones, como brújula perezosa, giraron al Norte, y fue entonces cuando los Ejércitos Constitucionalistas avanzaban al Norte, y fue entonces cuando el choque se produjo, y el resultado era matemático.

Los hombres de Carranza traíamos como arma la ley, como coraza nuestra honradez, y como camino el que nos trazara la antorcha luminosa de la verdad.

Y fué entonces cuando el choque se produjo y aquellos dos seres que se llamaban (no sé si serán héroes todavía), Ángeles y Villa, de los cuales se habían escrito historias que servían para que las niñeras durmieran a los chiquillos, que despertaban como chivos, soñando los episodios relatados, aquellos dos hombres invencibles, que con sólo su presencia querían hacer temblar a los ejércitos, y destruir sus fortificaciones, entonces fué cuando el pecho de los soldados constitucionalistas desafiara los proyectiles de aquellos Napoleones de zacate.

El choque fué matemático. Las trincheras de Villa, compuestas con bonetes y escapularios, símbolos de la traición y de la insidia, tenían que ser destruidas por las balas que representaban la dignidad nacional.

La lucha ya concluye y sigue el mismo proceso que han seguido todos los traidores. Villa, ya derrotado, frente a las trincheras de Agua Prieta, cava su tumba para que los heroicos soldados de Naco escriban sobre ella el epitafio de maldición que la patria tiene siempre para los traidores, y ahí va Villa, buscando un nuevo albergue, no sé qué, porque él no tiene ni vergüenza ni dignidad. Y allá ante el pabellón de las estrellas y las barras, Ángeles, Maytorena, Madero, seguidos de una nube de traición, imploran arrodillados un puñal extranjero para venir de nuevo a hundirlo en el corazón de la Patria, y allí están esos hombres, ateos del honor, y huérfanos de dignidad, en el puesto que les corresponde, que así los pinta la historia siempre, como ejemplo maldito, para que cesen de una vez para siempre los cuartelazos y las traiciones que por tanto tiempo han venido enseñoreándose sobre nuestra pobre Patria.

Y es, ahora, cuando Carranza hace sus jiras por donde nuestros ejércitos victoriosos pasearon la bandera de la ley y llega a esta frontera, y levantando su brazo muy alto, les dice a los pueblos de la América; esta es la antorcha con que he señalado al pueblo mexicano el camino que había extraviado, el camino que nos habían marcado nuestros antepasados, y que llevará al pueblo mexicano a las conquistas de sus verdaderas libertades.

Y muchos gobernantes de los pueblos de América sentirán que la luz de esa antorcha les hace daño; pero no importa, los pueblos que comprendan la verdad, levantarán también su voz prepotente y vendrá a encender su antorcha en la nuestra, y entonces la ansiada libertad podrá tremolar su enseña en todo el Continente.

Fuente: Discursos del General Álvaro Obregón. Biblioteca de la Dirección General de Educación Militar. México, 1932. Dos tomos. Primera parte. Discursos de 1915 a 1923. 410 pp. Páginas 25 a 32.

 
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