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MANUEL M. DIEGUEZ Y ESTEBAN B. CALDERÓN, PROMOTORES Y DIRECTORES DE LA HUELGA DE CANANEA

 

MANUEL M. DIEGUEZ Y ESTEBAN B. CALDERÓN, PROMOTORES Y DIRECTORES DE LA HUELGA DE CANANEA Y DESPUÉS GENERALES DE LA REVOLUCIÓN.

Las luchas sociales en México comenzaron a desarrollarse en forma decidida y ya con carácter más o menos orgánico, a partir de haberse registrado la huelga de Cananea, el primero de junio de 1906.

Los promotores de esa huelga fueron Esteban B. Calderón y Manuel M. Diéguez. Estos dos hombres se encontraron en ese mineral y se hicieron intérpretes de las injusticias sociales que se cometían por una compañía extranjera, con los trabajadores mexicanos, apoyada por autoridades de la Dictadura.

Calderón era maestro de escuela, pero circunstancias de la vida lo llevaron a trabajar en el mineral de Cananea, confundido entre la masa obrera, rompiendo y taladrando rocas, razón por la que pudo darse cuenta de la forma en la que la Cananea Consolidated Copper Company, no sólo explotaba una de las riquezas mexicanas, sino a los mexicanos mismos. En Cananea un extranjero ganaba como salario el doble de lo que percibía un mexicano, aunque ambos desempeñaran igual trabajo. Además, se tenía complacencia para los extranjeros, concediéndoles la preferencia en las mejores colocaciones, entretanto, el nacional era menospreciado. Esta injusticia social era apoyada por el gobernador de Sonora, Rafael Izábal, en cuyo concepto, los salarios crecidos a los mexicanos servían para fomentar vicios, aparte de que los hacendados no podían competir igualando esos salarios para tener gente a su servicio.

El caso resultaba un oprobio para los nacionales, y por ende para la Nación. Lo natural hubiera sido, en concepto de los trabajadores, que el gobernador Izábal suprimiera los centros de vicio, antes que autorizar a la empresa para que explotara a los mexicanos, pagándoles menos salarios que a los extranjeros. Estos procedimientos absurdos y antipatrióticos sublevó la conciencia de los trabajadores mexicanos. Para combatirlos, Calderón inició la organización de una sociedad secreta con el nombre de Unón Liberal Humanidad, de la que resultó presidente Manuel M. Diéguez, y secretario el propio iniciador Esteban B. Calderón.

Desde luego se pensó en hacer un llamamiento al pueblo mexicano para que se aprestara a la lucha y se planteó el problema de la necesidad de la huelga, aceptando Calderón, Diéguez, Francisco Ibarra, y otros, el difícil cargo de delegados de los obreros.

Calderón nos ha narrado la forma en que se desarrolló la huelga, que fue una justificada protesta contra el abuso del capital extranjero que establecía odiosas distinciones deprimiendo al trabajador mexicano. La intransigencia de la empresa extranjera, renuente a las justas peticiones de los explotados hasta el grado de hacer armas contra los huelguistas, transformó la huelga pacífica en tragedia sangrienta, pues los trabajadores tuvieron que repeler la brutal agresión de los mercenarios al servicio de la Compañía. El gobernador Izábal, al tener noticia de los sucesos, se trasladó violentamente a Cananea, por la vía de Nogales y Naco, y, presintiendo en aquella huelga el génesis de una gran cosmo clon social, nuncio de grandes cataclismos políticos, se apresuró a sofocarla para ahogar en su cuna las aspiraciones de un pueblo sediento de justicia y libertad, llevando su desvergüenza al extremo de autorizar el paso a través de la frontera, de tropas yanquis para que ametrallaran a nuestros compatriotas. Y queriendo atenuar su inaudita torpeza, arrojó enormes responsabilidades sobre Diéguez y Calderón, con el peso de las cuales fueron internados en la cárcel de Cananea y después de un largo proceso, fueron condenados a la pena de quince años de prisión y obras públicas.

Dicen Calderón, Diéguez y F. Ibarra, en una carta fechada en Cananea, el 8 de septiembre de 1906, carta dirigida al profesor Julio G. Arce, a Culiacán:

Cuando estalló la huelga fuimos nombrados delegados. Testigos de la postración en que se hallaban los mexicanos, nuestros compañeros, era imposible que nuestros sentimientos nos hubieran permitido declinar la representación que nos conferían ellos, los amigos, los hermanos. La huelga tuvo pues, un carácter puramente social, no político, y las versiones que hizo circular la prensa sin conciencia, no tienen más objeto que justificar ante la opinión pública, el infame proceso a que se nos sujetó: delitos de imprenta y contra la libertad de industria, asonada, etc. Cargos absurdos, caen por su base; pero se tuvo o quizá se tenga todavía, la intención de juzgarnos así. Doce días estuvimos rigurosamente incomunicados y ninguno de nosotros esperaba proceso; creímos ser víctimas ofrecidas en holocausto al yanqui. Estamos admirados. Nos salvó únicamente la indignación general. Esta es la verdad. Aún no hemos querido ocupar la atención pública con este asunto, ni aceptamos suscripción alguna de los obreros; pero sí juzgamos necesario prevenir a usted y al señor Heriberto Frías por lo que pueda acontecer. A la prensa redentora que tanto amamos, referimos nuestro infortunio y anhelos, nuestra satisfacción. Después... venga lo que viniere, nuestra conciencia es feliz, el calabozo nada nos prueba (El calabozo no prueba que la razón asista a la Dictadura). Esta carta es confidencial. En las actuales circunstancias sería imprudencia... el ejercicio del derecho; el proceso fue relegado al olvido y seguimos incomunicados con el exterior. De la iniciativa de la prensa digna lo esperamos todo, aunque bien comprendemos que nuestras personalidades son insignificantes para el escenario de la Nación; tanto que si no fuera porque se trata de una lucha de principios, no nos tomaríamos la libertad de ocupar la atención de usted. Para concluir consignamos al juicio de usted una observación. La huelga de aquí fue provocada por la misma compañía, irreflexivamente o tal vez con deliberada intención -esta es una duda que nos asalta con insistencia-. El hecho es que la Compañía quiso recortar el número de mexicanos y recargar la fatiga de los que quisiese conservar en el puesto, y bien sabía la Compañía que los mexicanos estaban hastiados de vivir en el desprecio y sin horizontes para sus aspiraciones. Alguna prensa asegura que las huelgas recientes fueron instigadas por intereses bastardos o de tercero. Nuestra opinión particular difiere de esta aserción en lo absoluto y también hemos comprobado que el mismo Mr. Green (el magnate de Cananea) se contradice ...

Esta carta fue publicada y comentada en Mefistófeles, diario que dirigía el señor Arce en Culiacán.

El proceso de la huelga permaneció en el olvido hasta que el general Luis E. Torres se hizo cargo del gobierno de Sonora en septiembre de 1907. Condenados Diéguez y Calderón en primera Instancia, la causa pasó a revisión al Supremo Tribunal de Justicia, y los acusados fueron trasladados por una fuerte escolta, a la Penitenciaría del Estado.

Citados para la audiencia pública, la voz de la defensa la llevó el mismo Calderón, en defecto de abogados que, además de exigir cuantiosos honorarios, carecían de valor civil.

En su defensa, al Supremo Tribunal, decía lo siguiente:

Honorable Sala:

A este respecto paréceme indispensable recordar aquí que la causa de la huelga, intempestiva e inopinada, no fue otra que la pretensión de algunos capataces extranjeros que, con el consentimiento de la Compañía, iban a sujetar a contrato la extracción del metal de la mina Oversight, a costa de los rezagadores y carreteros exclusivamente mexicanos. Y viene a colación hacer notar que sólo quien no haya estado en Cananea en aquel entonces, podrá negar que la condición bonancible de las minas permitía a la Compañía dar una preferencia incondicional a los operarios extranjeros que siempre eran barreteros, ademadores, capalaces, en tanto que a los mexicanos, casi en su totalidad, se les empleaba en las labores secundarias y más corrientes. A éstos se les pagaban tres pesos y a los primeros siete u ocho pesos al día. Ciertamente que ascendían algunos mexicanos, pero con una lentitud que hacía más visible y odiosa la injustificada diferencia de las labores y salarios, entre los nacionales y los extranjeros. Aquéllos, aun con el ascenso, quedaban sujetos a un salario inferior, mientras que los segundos, sin excepción alguna, desde luego ocupaban los puestos de importancia y todos percibían su salario en oro, aunque muchos de ellos fueran verdaderas nulidades, apoyados en el espíritu de raza por los capataces de su nacionalidad.

Estos hechos demuestran con claridad meridiana, que el fin que se perseguía era el de Impedir el desarrollo de las aptitudes industriales en la generalidad de los mexicanos. Donde se necesitaban inteligencias y autoridad. Quedaron excluidos nuestros nacionales. Así, pues, estaba impuesta la hegemonía extranjera en las minas, en los talleres, en las oficinas, en los hospitales y en el comercio. Y para unos, los extranjeros, fue el talón oro, tipo del salario alto, que proporcionaba suficientes comodidades y les permitía realizar economías que se llevaban al país vecino. Para los otros, los mexicanos, quedó el talón plata, tipo del salario bajo, mermado, además, por el sistema de pagos con los boletos para la Tienda de Raya.

Cinco mil hombres se hallaban en tal condición por dos mil quinientos extranjeros que disfrutaban de toda prerrogativa. Añádase a esto el desprecio innegable que los favorecidos no disimulaban en la generalidad de los casos, respecto de los nacionales ...

El Supremo Tribunal confirmó la sentencia, enmendándola en el sentido de que se absolvía a los acusados de rebelión, causa de los otros delitos, cuya responsabilidad se les atribuía, no obstante ser algunos mercenarios yanquis los iniciadores de la tragedia, inspirada por Mr. Green.

Calderón, sin esperar ya nada de la justicia oficial, y habiendo un profundo descontento en el país por la imposición de Ramón Corral y la continuación de Porfirio Díaz en la Presidencia de la República, se dirigió al Gobernador de Sonora, General Luis E. Torres, diciéndole, entre otras cosas:

Ya que nosotros hemos sabido sobreponernos a tantas influencias envilecedoras, justo será, señor, que no se nos castigue más en la vulgaridad y que se nos impida la lectura de la prensa que es foco de luz ... (A qué, pues, las disposiciones encaminadas a nuestra degradación, cuando nosotros creemos, además, que las más altas personalidades de la Nación se hallan lejos de semejantes ruindades)

Como consecuencia de esa carta, el gobernador Torres propuso gestionar la libertad de Calderón y de Diéguez, siempre que dejaran su actitud de rebeldía que no era garantía para la administración pública. La ayuda del gobernador Torres fue rehusada.

Convencido el Gobierno de la firmeza de principios de Dieguez y Calderón, resolvió darles muerte lenta, consignándolos al Castillo de Ulúa, disposición que dictó el mismo Ramón Corral con su carácter de Secretario de Gobernación. La Suprema Corte les negó el amparo fundado en el hecho innegable de que la Justicia sonorense había invadido atribuciones de la Federal.

En el antro de la muerte, en Ulúa, Diéguez y Calderón continuaron de pie, sin doblegarse a la desgracia, irreductibles, esperando con fe inquebrantable el día de la justicia.

Desde ahí, en abril de 1908, decía Calderón en una carta al Director de La Opinión, de Veracruz:

En los calabozos no sólo reina la más completa obscuridad, sino que se encuentran excesivamente húmedos, y en ellos existen también las cubas pestilentes donde hacen sus necesidades todos los presos, y como los calabozos no tienen ninguna ventilación, los miasmas deletéreos que despiden esas cubas, nos asfixian, nos matan.

Nosotros descargamos toda el carbón de piedra que recibe el Gobierno, y cargamos de él a los transportes de guerra, y después de esta faena dura y pesada, venimos a recibir un alimento deficiente y malo, pues el rancho que se nos da, puede competir con el que se da en el Valle Nacional; las lentejas, es el nombre., pues se nos da agua y piedras y tres o cuatro frijoles, sin exageración.

Hace más de dos años que no se nos da ropa interior, y los palos son aquí plato del día; y lo matan a uno a palos sin que a nadie le importe nada…

Fuente: Articulo autoría de Teodoro Hernández. antorcha.net

 
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