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BENITO JUÁREZ FRENTE A MAXIMILIANO

 

Aun cuando en varios textos se asegura que el presidente Juárez conoció personalmente el cadáver de Maximiliano los primeros días de octubre de 1867 en el Hospital de San Andrés de la ciudad de México, localmente hay varias versiones que aseguran que en realidad fue aquí, en Querétaro, en el antiguo Palacio de Gobierno de Madero 70, donde Juárez tuvo frente a sí el cuerpo embalsamado el príncipe de los Habsburgo. Así lo consignan varios historiadores como Valentín F. Frías en sus “Calles de Querétaro”, Miguel M. Lámbarri en sus “Efemérides Queretanas” y Fernando Díaz Ramírez en “Juárez en Querétaro”.

Después de varios años de incertidumbre, el 19 de junio de 1867, el llamado Segundo Imperio vio su fin en las faldas del Cerro de las Campanas.

La aventura imperial de Maximiliano de Habsburgo no fructificó y, una vez concluido el Sitio de Querétaro -acción de armas que duró del 6 de marzo al 15 de mayo de 1867 y que puso fin a la Intervención Francesa-, previo Consejo de Guerra realizado en el Teatro de Iturbide -hoy de la República-, el usurpador europeo y sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, fueron sentenciados a la pena de muerte.

La victoria total de la República se consumó pocos días después, al rendirse la ciudad de México.

Y fue, precisamente ese 1867, la tercera y última vez que Benito Juárez estuvo en Querétaro.

Una reseña publicada en el diario oficial, revive de la siguiente manera la llegada del presidente a nuestra capital:

“El día 5 de julio Querétaro se vistió de gala. Los preparativos hechos por sus habitantes, superaban a los oficiales, distribuidos a través de papeletas y pegados en las principales calles de la ciudad. En la esquina oriente de la calle 5 de mayo, antes del Hospital, se levantó un sencillo pero monumental arco triunfal, profusamente adornado y en cuyo basamento se leían ocho dípticos en honor del Supremo Magistrado de la República. Se dispuso una comitiva popular para que en la noche fuera a felicitarlo, acompañado de músicas y llevando una farola en cuyos cristales transparentes se veían cuatro retratos, en busto, del señor Juárez, el general (Mariano) Escobedo, el general Corona y el general Porfirio Díaz. Los barrios de la capital también estaban arreglados”.

Continúa la reseña: “A la una de la tarde marcharon de la garita el general en jefe, acompañado de su Estado Mayor, el C. gobernador y comandante militar del Estado, con los magistrados de la Suprema Corte de Justicia, el Ayuntamiento y las oficinas de Hacienda, para encontrarse con el jefe de la Nación. Muy entrada la noche, a las nueve horas, llegó el presidente, quien inmediatamente fue conducido a sus habitaciones en el Palacio Nuevo, las que gracias a los mayores esfuerzos del gobernador José Linares, estaban perfecta y elegantemente amuebladas. Después de las felicitaciones, los discursos del general Mariano Escobedo, el gobernador (Julio M.) Cervantes, el secretario de gobierno H.A. Vieytez y don Luciano Frías y Soto, a nombre del Ayuntamiento, el presidente Juárez recibió una comisión del Club Arteaga, quien le ofreció un diploma como ‘miembro honorario’, el cual fue aceptado por el presidente con gusto, ya que así lo expresó…

Posteriormente, se le acompañó a una mesa, donde le acompañaron unos ochenta comensales. El presidente se retiró un par de horas después, pero el festejo continuó hasta las tres de la madrugada del día 6”.

En su intervención, el general Mariano Escobedo felicitó al presidente “por su feliz arribo a la ciudad de Querétaro, en su tránsito hacia la capital del país” y porque, “en la pasada época de prueba para la Patria, con vuestra constancia, abnegación y ejemplo, habéis sabido hacer de simples ciudadanos, leales, sufridos y subordinados soldados que han combatido y rendido a los enemigos de la Nación”.

Por su parte, el gobernador Julio M. Cervantes, al hablar durante el evento, dijo al Benemérito: “Después de la serie de triunfos adquiridos por las armas de la República, para la que una nueva era de paz y felicidad se deja entrever, la llegada del supremo gobierno de la Nación a la capital de este estado es, sin duda, el anuncio de que las esperanzas de los buenos mexicanos comenzarán a verse realizadas dentro de poco”.

Con la copa en alto y con toda la solemnidad que requería el momento, el gobernador concluyó: “El estado que represento le da a usted la bienvenida y me es verdaderamente grato poder felicitarlo, señor presidente, ya que con sus virtudes ha sabido poner muy en alto su buen nombre, así como el del país que lo vio nacer. ¡Salud!”.

Sin duda alguna que la llegada del presidente Benito Juárez a Querétaro, a tan solo unos días de su triunfal entrada a la capital de la República, fue todo un acontecimiento para la sociedad queretana. Aquella sociedad que, mayoritariamente, aplaudía la restauración de la República y el fin de un imperio usurpador.

Sin embargo, y justo es asentarlo, otra parte de la sociedad local vio como una afrenta aquella visita presidencial, ya que todavía se encontraba llorando el fusilamiento del príncipe de Habsburgo.

Ese día fue declarado festivo y se dio la orden de cerrar todo el comercio.

Por la noche, en honor a tan digno invitado, una iluminación general a base de lámparas de petróleo, se multiplicó en todos los rincones de la ciudad. “Es la llegada de una nueva luz a nuestra Patria”, dijeron.

Las autoridades habían sido terminantes en prohibir el repique de las campanas de los templos con motivo de esta solemnidad, pero en su lugar todas las iglesias enarbolaron en su fachada la bandera nacional.

Ese histórico 5 de julio, el pueblo entero se volcó para demostrar su afecto y admiración al Benemérito de las Américas. “Todas las clases sociales tuvieron manifestaciones de regocijo para con su presidente”, consignó el diario oficial.

¿JUAREZ FRENTE A MAXIMILIANO?

 Aun cuando en varios textos se asegura que el presidente Juárez conoció personalmente el cadáver de Maximiliano los primeros días de octubre de 1867 en el Hospital de San Andrés de la ciudad de México, localmente hay varias versiones que aseguran que en realidad fue aquí, en Querétaro, en el antiguo Palacio de Gobierno de Madero 70, donde Juárez tuvo frente a sí el cuerpo embalsamado el príncipe de los Habsburgo.

Así lo consignan varios historiadores como Valentín F. Frías en sus “Calles de Querétaro”, Miguel M. Lámbarri en sus “Efemérides Queretanas” y Fernando Díaz Ramírez en “Juárez en Querétaro”.

Se cuenta que la noche del 5 de julio, antes de retirarse a descansar, el gobernador Cervantes informó al presidente que en el entresuelo del mismo edificio estaba depositado el cuerpo de Maximiliano. Juárez, quizá temiendo llevarse una mala impresión, expresó su deseo de conocerle hasta el día siguiente.

Y así fue.

Las primeras horas del día 6, el presidente se reunió con el gobernador Cervantes en el corredor. Juntos se encaminaron a la escalera del edificio para bajar al entresuelo.

La entrada al lugar estaba custodiada por el joven José Diez Marina, hijo del ex gobernador liberal queretano José María Diez Marina. Penetraron. Y el joven, con un farol, dejó caer la luz sobre el rostro rígido y amarillento de Maximiliano.

El cadáver, perfectamente embalsamado, permanecía sobre un ataúd de madera fina. Tenía los ojos abiertos, vestía levita negra y su cabeza estaba recostada en un cojín de funda blanca.

Por espacio de diez minutos, el presidente y el gobernador permanecieron en el recinto.

Se cuenta que el único comentario que el presidente Juárez hizo, luego de medir el cadáver con la mano derecha, fue el siguiente: “Era alto este hombre, pero no tenía buen cuerpo; tenía las piernas muy largas y desproporcionadas”. Para, finalmente, agregar: “No tenía talento, porque aunque la frente parece espaciosa, es por la calvicie”.

A las ocho de la mañana, después de tomar un ligero desayuno, el presidente y su comitiva partieron a la ciudad de México.

Nunca más volvería Benito Juárez a Querétaro.

El Benemérito de las Américas entró triunfal a la ciudad de México el 15 de julio de 1867 y de inmediato acordó con los otros dos Poderes convocar a elecciones para legitimar su gobierno.

Benito Juárez sería electo presidente en dos elecciones consecutivas: para un segundo periodo presidencial del 1 de diciembre de 1867 al 30 de noviembre de 1871, y para un tercero que iniciaría el 1 de diciembre de 1871 y no lograría terminar debido a su repentina muerte ocurrida el 18 de julio de 1872.

Fuente: Articulo autoría de David Estrada. www.davidestrada.org.

 
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