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LA EJECUCIÓN DE MIGUEL HIDALGO, HACE 198 AÑOS

 

Miguel Hidalgo y los principales líderes de su revuelta fueron capturados en Acatita de Baján, entre Coahuila y Texas, el 21 de marzo de 1811. Íban camino a Estados Unidos con la intención de comprar armas y conseguir alguna ayuda del gobierno de ese país. Las fuerzas realistas los mandaron a Chihuahua, donde fueron enjuiciados por rebelarse contra la autoridad del Rey de España.

En la Ciudad de México se recibió la noticia el 8 de abril, el virrey ordenó que hubiera salvas de artillería y que las campanas de Catedral repicaran para festejar la captura del cabecilla.

Mientras el resto de sus compañeros eran pasados por las armas, la condición sacerdotal de Hidalgo hizo que su proceso se retrasara. Si bien era considerado un reo de alta traición y un homicida alevoso, no era posible condenarlo a muerte sin que antes hubiera sido degradado por la Iglesia Católica.

El 29 de julio de 1811, en el convento de San Francisco de Chihuahua se ejecutó la degradación sacerdotal de Hidalgo. Primero fue revestido con todos los ornamentos eclesiásticos que le correspondían para luego ser llevado a la entrada del convento, en donde, y con la presencia de los pobladores del lugar, se efectuó un ritual en el que le fueron quitando los ropajes que lo cubrían y rasparon sus manos para, de forma simbólica, eliminar el óleo sagrado con el que lo habían consagrado cuando se ordenó sacerdote.

Después de arrepentirse por haber convocado a una sublevación en Nueva España, Hidalgo fue condenado a morir fusilado, el 30 de julio de 1811, como señala Lucas Alamán:

No obstante la recomendación instante del juez eclesiástico (…) el consejo de guerra condenó a Hidalgo a ser pasado por las armas, pero que en consideración a su carácter sacerdotal, la ejecución no se hiciese en un paraje público, como era el lugar donde habían sido fusilados todos los demás, y que se le tirase al pecho y no por la espalda. En consecuencia, tres días después de su degradación, fue conducido a un sitio tras el hospital, en donde se ejecutó la sentencia, y no habiendo muerto con la primera descarga, se reiteró ésta estando caído en el suelo, y espiró (sic) atravesado de multitud de balas.

Su cabeza, con las de Allende, Aldama y Jiménez, que se había cuidado de dejar intactas no dirigiendo a ellas los tiros, fueron llevadas a Guanajuato y colocadas en jaulas de fierro en cada uno de los ángulos de la alhóndiga de Granaditas, suspendidas en unas barras que sobresalen a la corniza.

El día en que allí se colocaron públicamente, el cura Dr. Labarrieta, amigo que había sido de Hidalgo, predicó al pueblo reunido un patético sermón, lamentando la suerte a que la insurrección había arrastrado a su amigo, los males que este había causado, y exhortando a todos a apartarse de la revolución que aquel había promovido y le había conducido a la ruina.

 El cadáver de Hidalgo y de sus compañeros fueron sepultados en la capilla de la tercera orden de S. Francisco de Chihuahua, de la que en el año de 1824, por disposición del congreso, fueron trasladados con las cabezas, que se quitaron del lugar en el que estaban en Guanajuato, a la Catedral de Méjico (sic), en la que se enterraron con gran solemnidad debajo del altar de los Reyes, en la bóveda destinada antes a los virreyes y después a los presidentes de la República, declarándolos beneméritos de la patria en grado heróico, y sus nombres se mandaron escribir con letras de oro en el salón de las sesiones del congreso.

Fuente: Arno Burkholder

Fusilamiento de Hidalgo y Allende, litografía, siglo XIX. Museo Casa de Hidalgo, Guanajuato

 
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